Si hay una cosa a la que le temo más que a la crisis económicas, en cuanto a la humanidad se refiere, es al conflicto palestino-israelí. No pretendo ser un experto ni lejanamente entendido en los vericuetos de tan intrincado y eternizado drama. Soy un pobre espectador atemorizado que, por razones que mi entendimiento desconoce, mantiene una blog de opinión, y por consiguiente se puede dar el lujo de opinar a destajo de lo que se le dé la gana.
Así planteado el asunto, conmino a todos aquellos que van de “Ebensperger” por la vida, a olvidar su indignación frente a mi puerilidad al momento de leer estas líneas, o pasarse directamente al horóscopo, que para mí tiene más certezas que yo frente a la existencia y a la Franja de Gaza.
Y como en inventar no hay engaño, me voy a tomar la libertad de contar
mi versión de esta historia con animalitos. Para mí el asunto es así:
hay un ratón, un gato, un perro y un león. Y un pedazo de tierra que es
un queso. A estas alturas, y de tan bombardeado, un gruyère. El ratón,
que vienen siendo los palestinos, quiere su pedacito de queso. El gato,
que serían los israelíes, quiere comerse al ratón. El perro, que es el
mundo árabe con potencias de la talla de un Irán, se quiere zampar al
gato; y el león, que pretende ser el rey de la selva, el que pone
orden, pero en el fondo se los quiere embuchar a todos, sería EE.UU.
Demás está decir que la cosa felina del león lo hace estar un poquito,
si no del todo, más cargado al salvataje del gato.
Así más o menos se plantea este ecosistema. El problema es que no se
sostiene. Demasiada verticalidad entre las especies sólo los puede
llevar a la destrucción total. Más que ecosistema vendría siendo una
tremendamente sangrienta cadena alimenticia. Lo primero que surge a la
vista es que el ratón lleva las de perder. En este mismo minuto los
están sacando a pedazos de sus madrigueras. Y a los ratones, que no son
lagartijas, no les crecen brazos, ni piernas, ni cabeza sobre los
hombros. Hay que agregar también que el ratón tampoco ha sido tierno
como el chef de Ratatouille. Sus incursiones sobre la población de
judíos han sido más parecidas al ladilleo de Jerry que no es ni tan
inofensivo. Lo que sí hay es una desproporción inmensa. Mientras los
ratones juegan con unos fuegos artificiales bastante charchas, que acá
no pasarían ni un control del Sesma, los gatos les meten Exocets por
las ventanas.
Y vamos escalando porque, por su parte, los gatos viven igual con el
miedo de que una bombita cargada de champiñones gigantes importada
desde Irán los vuele de la faz de la Tierra, mientras los perros
iraníes esperan con arábiga paciencia a que el león (EE.UU.) haga lo
propio con ellos, o se les instale una temporada de esas que le gusta
pasar en el barrio cada vez que le parece que se puso negra la cosa. Y
cuando digo negra la cosa, no me refiero a otra cosa que al pestilente
petróleo. Porque bien sabemos que lo que le importa a EE.UU. no es cómo
se reparte el queso, sino más bien quién se queda con el pan negro. El
asunto es de nunca acabar o de acabar muy mal.
Me voy a saltar la parte histórica de los animalitos, de quién llegó
primero, se ha portado peor o rompió la enésima tregua. A estas
alturas, da un poco lo mismo. Tampoco voy a empezar con la ridiculez de
esta pelea entre hermanos, ni a decir que tan sólo cientos de
generaciones atrás, gatos y ratones eran el mismo animal. El problema
hay que solucionarlo a la antigua. Como el papá y los niños peleando.
“¡Me da lo mismo quién comenzó! La cortan ya, o se van castigados. ¡Cada uno para su pieza!” (claro que habría que repartir bien las piezas y se complica todo otra vez). Bueno, algo así. El gran tema es que todas esas tratativas del rey león de poner orden tipo Camp David, aunque suenen tan bonitas, nunca funcionan. Porque a la hora de la verdad, al leoncito le gusta más el gato, y juntos se arreglan los bigotes. Poco ecuánime el árbitro. Y por eso es que tenemos que intervenir.
Primero, hay que sacar a EE.UU. de la ecuación. No se puede ser juez y parte. Es el resto del mundo unido, el que tiene que velar por el orden en la Franja de Gaza. Y ponerse firme con ambos. Se callan y se portan bien. O los castigamos. Si se portan como niños se les trata como tal. O se van a hacer bolsa.
Insisto, la crisis económica no nos va a matar. En cambio, una escalada de dimensiones en esta zona nos puede llevar al ocaso a toditos los animales. Ni el jaguar chilensis se salva. ¿Y el jaguar, a todo esto, de qué lado creen que está? A mí me da la sensación de que más allá de sus palabras de buena crianza, y un discurso pro-débil (o sea, pro-palestino), el jaguar se hace el loco. Que en la práctica es lo mismo que seguir al león. O sea, al gato. Miau. Sí, miau.
Saludos a Todos
LosPasosdelGato.bligoo.com







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